La liturgia de Santo Domingo

Trabajar como fotógrafo en San Fermín te da la oportunidad de vivir la Fiesta a pie de calle, y de poder ser testigo privilegiado de muchas escenas y momentos que pasan desapercibidos para el público general.

Uno de los lugares más especiales para mí es la Cuesta de Santo Domingo, justo en los alrededores de la hornacina de San Fermín donde los mozos entonan su plegaria cantada pidiendo la protección del santo patrón. Una vez colocadas las cámaras en el balcón que tenemos en ese tramo me bajo a la calle y me coloco bajo la hornacina, vacía, a las 7 de la mañana.

En ese tramo se concentran la mayoría de corredores habituales del encierro. La espera se hace larga. Al principio se mata el tiempo ojeando el periódico del día, mirando las fotos del encierro del día anterior, y el pelaje y características de los toros del encierro del día. Conversaciones distendidas, recordando pasados lances en carreras anteriores, de este año, de hace lustros, o incluso de fuera de Pamplona.

Hasta las siete y cuarto no llega el Santo. Cuando llega muchos quieren tocarlo, antes de que ocupe su lugar en la hornacina empotrada en el muro derecho de Santo Domingo. Junto al Santo ponen, unos claveles rojos y dos candelabros, seis velas, que ayer era imposible encender con el vientecillo persistente que soplaba. Debajo un tablón con los pañuelos de las Peñas de Pamplona. El viento hace caer una de las velas, y como ya se han llevado la escalera un mozo es izado por otros para que la ponga en su sitio.

Según avanza la mañana, empieza a soplar otro vientecillo. Es el miedo, la tensión. Los corredores se santiguan, rezan, miran al Santo con la mirada perdida. Se abren paso entre sus compañeros “sólo quiero tocar al Santo”, pero en realidad tocan la pared o el tablón con los pañuelos a lo sumo. Desde su hornacina San Fermín parece lejano e inalcanzable. Los corredores se saludan más con el tacto que con la voz. Se abrazan, chocan sus manos, se dan palmadas en la espalda. Son siempre los mismos. Casi puedes pasar lista, y alguno echa en falta al alguien, que finalmente llega. “Casi no puedo pasar”.

Siguen las conversaciones. Un corredor advierte que hoy van a soltar a todos los mansos a la vez y que no va a haber mansos de cola. Que anoche hubo un toro que se quedó atrás en el Encierrillo y que hubo que soltar a los mansos de cola para llevarlo con sus hermanos. Varios comentan que con una ganadería debutante en Pamplona eso puede ser un problema: “si se queda alguno rezagado a ver quién lo sube”. Otro corredor, de los pocos que baja un poco al encuentro de los toros le preocupa la gente que se queda: “con 4 mansos más a ver dónde me meto”.

El tiempo avanza muy despacio, se hace eterno. Algunos miran el reloj una y otra vez. Comentan sobre dónde colocarse, o dónde empezar “quédate mejor hasta el segundo cántico, y subes tranquilo hasta la Plaza del Ayuntamiento, ahí empiezas a correr hasta que te lleguen” aconseja un corredor joven a otro veterano que andaba inseguro. Y aún faltan siglos para el primer cántico.

Los tres cánticos al Santo se producen a las ocho menos cinco, a las ocho menos tres y a las 8 menos un minuto. Llegan las 8 menos siete minutos, y se hace un silencio sepulcral. Se intensifican los rezos, y no se oye nada. El miedo y la emoción rozan a los corredores, como el viento, y me ponen la piel de gallina como a ellos. Son las 7:55, se oye un “¡venga, va!” y acto seguido el primero cántico “a San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición…”. Cuando termina, la mitad de los corredores se van hacia arriba, para ocupar el lugar elegido para empezar su carrera. Aprovecho y me sumo a la ola humana para ir hacia el portal que da acceso al balcón. Un poco de atasco la principio, luego fluído.

Mientras subo las escaleras suena el segundo cántico… Preparo las cámaras reviso todo, y hago fotos del tercer cántico ya desde el balcón. Apenas 40 corredores quedan bajo la hornacina.

Las ocho de la mañana. Suena el primer cohete. Salen los toros y suben en una manada compacta, avanzando como autobús a toda velocidad. Nueve mansos y seis toros, ocupando casi todo el ancho de la calzada… El décimo manso unos pasos por detrás… y los pierdo de vista. Los toros de Puerto de San Lorenzo hicieron una rápida carrera sin incidentes, terminando el recorrido en dos minutos y 22 segundos.

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