El antideslizante es mano de santo

Escrito el lunes, 9 de julio de 2018 a las 11:02 am

El encierro de Pamplona sufrió en los últimos 25 años dos cambios significativos. El primero fue en 1998 cuando con la pavimentación del Casco viejo de la ciudad se suprimieron las aceras de la mayor parte del recorrido. Los toros raramente se subían a las aceras por lo que el recorrido se hizo más ancho, pero más peligroso, porque la acera suponía un cierto resguardo, y tras su erradicación es habitual que algún toro pase raspando las paredes durante gran parte del recorrido. El segundo cambio importante, y curiosamente más significativo fue la utilización a partir de 2005 de un producto antideslizante que se aplica sobre el suelo de parte del recorrido.

En los días previos a San Fermín y por la noche se aplica sobre el final de la cuesta de Santo Domingo, Plaza Consistorial y Calle Mercaderes hasta la curva con Estafeta, un líquido antideslizante, que no produce ningún cambio visible en el aspecto del suelo, pero sí sobre su adherencia. No es que te quedes pegado, es que no resbala. El suelo de las calles del Casco Viejo de Pamplona desde su peatonalización está compuesto por tramos alternos de losetas y adoquines, que con la lluvia, bebidas y líquidos varios que se vierten a todas horas lo hace sumamente deslizante, sobre todo en las líneas blancas de adoquines blancos. De hecho fuera de este tramo “protegido” me he pegado un par de porrazos en San Fermín y incontables resbalones, casi cada día. Incluso dañé una cámara hace unos 10 años tras un resbalón en el casco viejo.

La aplicación de este líquido mágico, junto con los mansos mejor entrenados, hizo que desaparecieran casi por completo las caídas de los toros en el primer tramo del encierro, sobre todo en la curva de Mercaderes y Estafeta. Consecuencia: encierros más rápidos, de dos minutos y algo, y menos heridos. La media de heridos por asta de toro desde 2005 es de 7, tras 16 en 2004, 11 en 2003, 12 en 2002 y 2001. Eso no ha evitado años malos como 2009 con 8 heridos por cornada y un muerto (Daniel Jimeno Romero), y 12 heridos en 2016. En definitiva, el dichoso líquido ha sido mano de santo, una prolongación del manto de San Fermín.

Hay quienes piensan que desde entonces al encierro le falta gracia, que no hay emoción. No estoy de acuerdo. Hay que recordar que no estamos en los 80 o en los 90, que el encierro está muy masificado, y que con la cantidad de corredores (muchos) y sobre todo de mirones (muchísimos), evitar que los toros se caigan, la manada se rompa y los toros nerviosos empiecen a repartir cornadas, es una buena idea. Fijaros en la foto que encabeza esta crónica del encierro de ayer bajo la lluvia: hasta 14 mozos se disputan a un toro para poder correr delante. El encierro es eso, bonitas carreras. Correr hasta meterse delante de un toro y salir cuando ya casi notas más que su aliento en tu espalda. Y si algún morlaco se vuelve, o se cae, que se siguen volviendo y cayendo de cuando en cuando, tirar de él hacia la plaza. El encierro no es ver como un toro cose a cornadas a un corredor, sea de aquí, “divino”, guiri o humano.

Por cierto vaya tormenta la de ayer. Es mis 25+1 años haciendo fotos nunca había llovido así durante un encierro. A pesar de esto el encierro fue rápido casi vertiginoso al final de Estafeta, con bonitas carreras y sin caídas ni resbalones.

La pena es que no haya otro líquido mágico para los carteristas, los broncas, o los que se intentan propasar con las mujeres. Que se les quedaran las manos pegadas a los bolsillos.

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